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miércoles, 18 de enero de 2012

Disquisiciones (I): Necesidad de la poesía



La cultura es un derecho que todos tenemos y que pocos se imponen como deber. Y no hay más profunda cultura que el conocimiento del corazón; por eso es necesario leer, oír música, ver cuadros.
Hay quien considera que en el mundo actual no cabe la poesía: y sin embargo, en una sociedad de violencia nada es más necesario que las emociones para que el hombre halle en ese reducto su sustancia humana, los sentimientos de que está formado. Quien no lee buena poesía, o una buena novela, no observa un buen cuadro ni escucha buena música es porque le teme al sentimiento y, por ello, al corazón del hombre, al que nunca llegará a comprender ni, menos, si le corresponde, legislar.
El hombre siempre se ha preguntado cuál debe ser la mirada del artista y, más concretamente, del escritor y el poeta: si debe escribir para influir en la conciencia social o debe abstraerse y dejar esos zapatos para los zapateros políticos. ¿Influye la literatura -y el arte en general- sobre la sociedad? Rotundamente: creo que sí. Pero no como quieren los autores politizados, los “poetas sociales” españoles, por ejemplo, de hace unas décadas. La literatura, y el arte en general, excluyendo el panfletario, que ni es arte ni sociología, no tiene una incidencia inmediata, sino más profunda e intensa en el tiempo. La sociedad se mueve según el pensamiento, sus filosofías e ideologías; y el pensamiento se nutre de sentimientos. Y solo el poeta -es decir: el filósofo que llega a conclusiones desde intuiciones y no desde premisas racionales- añade perspectivas desde las que reorganizar las estructuras de nuestra existencia. El hombre es un animal emocional que piensa y ordena sus sentimientos, no al revés. Por lo tanto, solamente influyendo en la raíz y causa del pensamiento, que es el sentimiento, puede cambiarse la forma de pensar. Por eso, por muy peregrino que parezca, la poesía auténtica -el sentimiento genuino, como esencia de toda literatura escrita por el hombre ético y no sólo estético- es la que dicta los cambios sociales, porque los pensamientos, las filosofías e ideologías se suceden unas a otras en el devenir de la humanidad, pero los sentimientos nacen y se mantienen cada vez que nace un hombre.
         Para mí no hay duda: Shakespeare o Dostoiewski han influido tanto en la manera de sentir, pensar y entender el mundo como el estallido de Hiroshima. Otro tanto han hecho “La libertad conduciendo al pueblo”, de Delacroix, o el “Guernica” de Picasso. Los filósofos e ideólogos son poetas del pensamiento o fariseos del sentimiento. Mientras aquéllos necesitan sesudas entelequias y logaritmos mentales hasta componer un sabio tomo, el poeta condensa toda una visión del mundo en un poema, un relato. Suele amordazarse esa voz en su tiempo; pero, al cabo, acaba por oírse y se cambia la vida. Y cada vez la postergación es más efímera. Hoy el político y el ciudadano continúan rigiéndose por el pensamiento griego clásico, al que se van añadiendo con premura cientifismos como los de Galileo, Freud, Einstein, Orwell o Huxley, poetas y profetas de la desolación o del aperturismo cósmico y mental.
       Hago esta reflexión, tal vez innecesaria, para quienes aún recuerdan que el hombre es todavía un ser humano, no sólo un hijo de la Economía, y porque suele olvidarse que el estado de bienestar consiste, sobre todo, en la consecución del bienestar interior, cosa que tiene muy poco que ver con una declaración de renta positiva o negativa.