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martes, 5 de junio de 2012

Mecánica terrestre (Poemas comentados, VII): Álvaro Valverde)


Wagner / Karajan: Tanhauser


Introducción.-
 La Literatura -como todas las artes o manifestaciones humanas- no dignifica al hombre por su noble retórica, ni es admirable por su soberbia arquitectura, o por su inteligencia... sino que se mantiene en el tiempo porque proyecta luz sobre la realidad exterior e interior y descubre la identidad del mundo, la existencia, el individuo, la colectividad: nos aproxima a una proteica verdad que pretendemos descubrir y se nos escapa porque el tiempo altera su rostro a fin de envejecerla y rejuvenecerla nuevamente.

Pero es cierto que hay rasgos humanos efímeros o circunstanciales, y otros esenciales y perennes. Y solo la sabia Literatura da cuenta de los laberintos y salidas que mantienen su vigencia en el transcurso de los siglos y milenios. Entonces es cuando el hombre se hace verbo: y los hombres sucesivos lo pronuncian. Verbo hay, afortunadamente, que ha puesto nombre a casi todos los rostros, y máscaras, del ser humano.


Ejemplificación.-
Veamos, como ejemplo de temas esenciales, "Mecánica terrestre", un poema del libro del mismo título de Álvaro Valverde:

                                   Lo mismo que una imagen
                                   recuerda a alguna análoga
                                   y una sombra a la fresca
                                   humedad de otra estancia
                         5        y un olor a una escena
                                   cercana por remota
                                   y esta ciudad a aquélla
                                   habitable y distante,
                                   así, cuando la tarde
                       10        se hace eterna y es julio
                                   todo expresa una múltiple,
                                   inasible presencia,
                                   y el agua es más que el filtro
                                   de lo que fluye y pasa
                        15       y la luz más que el velo
                                   que ilumina las cosas
                                   y el viento más que el nombre
                                   de una oscura noticia.


El poema tiene una arquitectura tan eficazmente sencilla como férrea; tanto que pudiera pasar desapercibida su simetría y trascendencia: construido sobre un ritmo heptasílabo, sus 18 versos tienen un eje sustancial formado por tres tramos semánticos encadenados en una sola frase (el autor, tal vez para evidenciarlo, ha evitado la grafía de las probables comas que marcarían las pausas fonéticas). Estos son sus semas:

Versos 1-8: breve enumeración de cotidianidades.
Versos 9-10: anclaje en un tiempo concreto.
Versos 11-18: invasión del asombro.

Los 18 versos están simétricamente repartidos:

 8 + 2 + 8

Aunque, en realidad, la estructura es la de breves núcleos de dos versos que van incardinándose mediante la anafórica copulativa y , solo una vez ausente de su anaforismo, que da fluidez y fugacidad al texto.

Los tramos vienen a traducirse semánticamente en 
                                "lo mismo que... / así... / es" 

A) El primer tramo, instalado en un tiempo sucesivo y monótono, lo configuran cuatro elementos que remiten comparativamente a otros cuatro similares, cada uno, como digo, ocupando dos versos:
imagen > imagen;
sombra > estancia;
olor > escena;
ciudad > ciudad.

B) El segundo tramo, también en dos versos, supone la condensación del tiempo en el instante. Lo cual permite, a la inversa, concluir que también el instante contiene todo el tiempo. En otro poema, el autor insiste sobre ello con una paradoja: "el instante, esa efímera razón de permanencia".

C) El tercero, mostración del instante intemporal, expone cómo se asoma el infinito oculto en la conciencia del cosmos o del hombre -uno y otro recíprocos espejos-. Igual que el comienzo de los conciertos 1 y 2 para piano de Prokofiev nos desubica y parece sumergirnos en otra dimensión, huyendo de lo indefinible, se enuncia simplemente la concreción en lo maravilloso del eterno fluir de lo anecdótico: el prodigio que ya contemplara, similarmente, el conde Arnaldos.

La simetría queda así:
sucesividad / instante privilegiado / manifestación del sortilegio


La elipsis como presencia.-
¿Qué va a ocurrir tras ese lance en el que se nos introduce sin describirlo? El poeta renuncia a majestuosidades y se queda con la alusión a la inefabilidad como expresión concreta de la multiplicidad de los sentidos: "todo expresa una múltiple, / inasible presencia". El agua, la luz y el aire dejan entrever su condición metafísica, su identidad de pasadizos hacia un más allá de los sentidos y de la materia. Parece que va a llegar lo indefinible transustanciador y se nos va a adentrar en la carne -o a florecer, por fin, desde ella- con el mismo vigor con el que se nos incrusta el Respighi de "Los pinos de la Vía Apia", uno de los crescendos más notables que yo haya escuchado.

"El aire se serena / y viste de hermosura y luz no usada", parece decírsenos, frailuisianamente, a partir del verso noveno. Y esa tarde de julio es algo más que un instante infinito. "La transparencia, Dios, la transparencia", que diría JRJ.

En el fondo, el meollo del poema pudiera ser esta oración principal a la que se le van adjuntando los meandros de los versos: En una tarde paramística de julio sentí el escalofrío de la plenitud.

Gerardo Diego lo "relata" de esta manera: "Era en Numancia, al tiempo que declina / la tarde del agosto augusto y lento. / La luz se hacía por momentos mina / de transparencia y desvanecimiento".

Sin grandes palabras ni exaltaciones métricas, con léxico sucinto y cotidiano, deviene lo mágico del instante eviterno. La consecuencia síquica sin causa física: la  transustanciación de la materia, la rozadura del éxtasis sin  religiosidades: el esplendor oculto de la naturaleza deshojando sus ascuas escondidas. Es la acechanza dulcísima de Teresa de Jesús, por ejemplo, desprovista de mixtificaciones: el M'illumino d' inmenso, del poema monoversal "Mattina", de Ungaretti: como si una divinidad apresada en la médula se escapase por una brecha de la racionalidad y reclamase su existencia exterior. (En otro  poema dice Valverde: "Con las últimas luces la mirada se pierde / luminosa de eterno").

De este modo, la "mecánica terrestre" -el río de la vida- consiste en un laberíntico flujo de frivolidades que desembocan inesperadamente en presencias metafísicas, presentimientos y clarividencias. Pues somos individuos tracendentes, esquirlas de una estrella, arcilla desde el cosmos.


La vigencia de un texto.-
¿Importa este poema al hombre actual? Creo que podría servir de prefacio para una antología de textos sobre la inmensidad. Porque ¿Quién no ha sentido en medio de la prosa cotidiana la percepción fugaz de un infinito?

Me pondré como ejemplo de sentidor de esas experiencias:
Desde mi primera adolescencia, inesperadamente y con pánico al principio, he sentido un íntimo fulgor que después me pareció descubrir en algunos poemas amorosos y místicos, y más aún, en la música. Era como si la belleza apresada en el tedio del escepticismo melancólico que me atenazaba burlase sus barrotes y convirtiera, por un instante solo, mi infierno en paraíso.

Y es la filtración del hombre anhelante en la monotonía cotidiana -la intuición, contemplación, arrobamiento y transfiguración de un locus amoenus, tal vez inaccesible- lo que sigue produciéndome fascinación, misterio, claridad: hipnosis inconcreta. 

Perseguidor de esas sensaciones, y perseguido por ellas, siempre he preferido Fray Luis a Juan de Yepes: porque este busca un cielo más allá de esta vida, y aquel el paraíso del sosiego en esta: eso lo hace humano, no un mendicante de milagros. Igual preferencia siento por Lope frente a Quevedo: carnalidad, no etereidad. Aunque una implica la otra y cada una me haya remitido a ambas. Empecé a comprenderme ante las páginas de Dostoiewski y Herman Hesse, entre otros muchos. Ahora este breve poema enuncia el instante intemporal y desemboca en él. Lo cual me lleva a concluir que tal presentimiento o intuición poseyó también a esos, y otros muchos hombres, que escribieron sobre ello: de modo que su contenido es patrimonio sustancial de la humanidad.

En resolución:
La belleza y trascendencia no son útiles solo para los sentidos sibaríticos. Son los músculos que vigorizan el espíritu y, por lo tanto, la sujeción de la materia carnal de todos los mortales. Estos versos recuerdan esa espiritualidad profana inherente al hombre que la sociedad ha ido marginando en su fuga hacia el progreso mecanicista y robótico. Su sustancia la sentía a flor de piel el homo sapiens de las cavernas, y la oculta la coraza con que la modernidad pretende insensibilizar la conciencia. De modo que este poema trata de uno de los temas esenciales que definen a ese ser "demasiado menor que chiquitito" (M. Hernández) que es, "considerado en frío, imparcialmente" (Vallejo), el ser humano: para que recuerde que no solo de pan y circo vive cada día, sino que su dimensión es más elevada. Su contenido nos remite a otros textos que dejan constancia de la metafísica que alberga "este armazón de huesos y pellejo" (Bécquer) convertido en el "ángel con grandes alas de cadenas" (Blas de Otero) que ya previera Baudelaire en "El albatros". Tal vez sea el èlan vital que hallamos a lo largo de la Historia en las huellas y fragmentos de identidad e inmensidad que ha ido arrojando en su camino: Platón, Plotino, materialismos, idealismos ... Todo ello demuestra que la dicotomía cuerpo / espíritu no es una oposición, sino una unión indisoluble. Y que lo mejor está en esa parte, lugar o utopía que a veces nos asalta. Nombre o identidad de ese otro ser nuestro cuyo rostro queda "allí donde la pluma se detiene".


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 Posdata: Puesto que la tecnología lo permite, el lector hará bien en pulsar aquí
 y aquí para entender mejor, o completar, cuanto he pretendido decir (aunque en el segundo texto trasladase mi sensación profana al personaje místico al que se la atribuyo).