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martes, 23 de mayo de 2017

El abrazo iniciático.

Schumann:  Escenas infantiles

Yo tendría diez años: debía de estar en primer curso de aquel bachillerato en el que aún se aprendía porque los profesores todavía enseñaban: la disciplina educativa era considerada una virtud y no sonaba, como algunos oyen hoy, a dictadura. Estudiar al hombre troncal, que ha de ramificarse, ayuda a comprender su corazón y el mundo en el que vive. Después hemos ganado en libertades que, por mal asimiladas, han enseñado sobre todo impunidad, libertinajes.
     Pero, como digo, yo tendría diez años y me refugiaba de mi dolor infantil o adolescente en los juegos, sobre todo prohibidos y por eso más deseados: porque pocas cosas atraen más que los misterios.
     Yo era triste cuando estaba solo -quiero decir: conmigo mismo-, y divertido cuando, en grupo, me olvidaba de mi timidez. 
     Ahora bien: yo solo pensaba en mi infantil vecina, con su sonrisa grande y su ágil compañía cotidiana. 
     A veces yo sacaba mis útiles de indio de película -o mi espada de sórdido cruzado- y la sujetaba a un poste alrededor del cual yo danzaba -o blandía mis dagas como iconos prefálicos- y la sometía a inefables torturas, tan incruentas como mis sentimientos.
     No sé -no sabía yo- qué me empujaba a ella: pero necesitaba apretujarla, desollar suavemente su carne transparente: hasta que, convertido de pronto en hábil salvador, recibía el abrazo de haberla liberado. 
     Dulces juegos aquellos de lujuria incipiente, de amorosa indolencia, de Peter Pan con las alas de Ícaro.
     Un año, a los doce o los trece, casi pierdo el curso porque hube de guardar reposo por no sé qué fiebres que asediaban mi corazón con amenazas. Y María me acompañaba en mis lecturas del Capitán Trueno, Supermán e incluso un caballero errante en busca de unos amores dulcineicos y sin mancha. Empecé a preguntarme por qué todos se iban siempre al cine cuando en los libros se veían las mejores películas. Y además, estaba María: presentemente allí. (A veces he pensado que su nombre  secreto debía de ser Oniria).
     Un domingo, tumbados, como solíamos hacer, sobre la cama, pasando hoja tras hoja -¡Qué música tan clara la del pasar las hojas!- la miré, y la miré de nuevo, como si yo surgiese de algún cuento o el cuento al que yo entraba fuese ella. Observé que su pecho había crecido, denso, sobre su delgadez idílica, y que sus ojos eran como un hermoso libro que quería leer y releer. Me incliné sobre ella, que, expectante, asustada y princesa, se dejaba vencer por el hechizo.
     No guardo otro recuerdo más parecido al cielo.
     ¿Dónde estará María, onírica y tremante bajo sus blandos párpados?
     ¿Y qué ha sido de aquel que la besó?


domingo, 21 de mayo de 2017

La muerte de los dioses... Libro de Teluria (XI)

Purcel: Lamento de Dido

24

La muerte de los dioses nos dejó
fríos infiernos en donde hubo cielos,
y la íntima hecatombe nos empuja
a ordenar nuestras ruinas.
Cava su túnel la melancolía
y nos hace sentir
que vivir es un duelo con la muerte
y morir la derrota más ansiada.
¿Qué fue de tanto edén y tanta fe
que nos transfiguraban la existencia
y convertían en volcán la vida?
¿Y la gravitación emocional
que juntaba los cuerpos y las almas
con el vigor de las constelaciones?
¿Sólo hay fuego, ceniza y sueños rotos?
¿Es la nada la arcilla que nos forja?
¿Será el amor el solo dios que queda
cuando mueren los dioses?
¿Y si muere el amor, qué manantial
saciará nuestra sed?


25

Envidio a quienes creen que hay un lago apacible
en el que desembocan las aguas de la vida
para saciar la mutua sed de aquellos que mueren
sin haber satisfecho su amor en cuanto amaron.
Mucho me gustaría despertar de la muerte
y encontrarte inmortal, para siempre a mí unido.
Pero diera gustosa tan dulce eternidad
si pudiese volver a los días aquellos
en que la dicha era un hallazgo sin búsqueda,
un gozo sin conciencia de que todo se acaba.
En aquel mundo plácido sin eterno retorno
no existía la muerte ni existían más dioses
que los que cada uno, inocente y feliz,
arrancaba en el alma y en el cuerpo del otro.



sábado, 20 de mayo de 2017

La voluntad hímnica


Fauré: Elegía

1.- Con la misma certeza que digo “yo nací”, puedo afirmar, sabiéndome igual a todos los seres humanos: "moriré". Y entre ese pasado y este futuro queda un hoy al que llamamos yo, al que desconozco y del que solo sé que siente y piensa contra la muerte. 

2.- Ese vacío es lo que pretende llenar la conciencia, aun temiendo que nunca logrará su propósito de identificación. 

3.- Por lo tanto, todo mi conocimiento de la temporalidad se reduce a decir: nací cuando necesité pensar para paliar la muerte, y seré hasta que esta venza a mi pensamiento en desigual batalla. 

4.- De donde brota la primera realidad palpable. “Sé que sufro; por eso sé que existo”; ese fue mi cogito ergo sum. 

5.- Terrible silogismo, pero exacto. Y más terrible porque la razón del animal racional que había en mí no hallaba un argumento para mitigar aquel dolor: supe que no existía un principio inamovible, o yo no lo encontraba: lo que me despertó un Escepticismo Agónico. Y escribí:


LABERINTO ESTELAR

Mira una noche clara la inmensidad azul
del firmamento, observa la transparente urdimbre
de los astros, el mágico estallido
de luz. Sobre tus ojos la galaxia de Andrómeda
agita sus estrellas
como infinitos átomos gigantes.
A un millón de años luz de ese bosque solemne
vives tú, enamorado de tu gran corazón,
un astro diminuto que late y te recita
palabras armoniosas que siempre te convencen
de que tú eres el rey del Universo.
Y sin embargo yaces en un rincón oscuro
limítrofe de nada, tan lejano
de cualquier referencia y claridad
que si Dios te buscase jamás te encontraría.

Ante esa catástrofe síquica pocos seres sintientes y pensantes se convertirían en héroes de la esperanza. Yo no he hallado en mí, jamás, arcilla para forjar esa heroicidad. Sospecho que, por ejemplo, tampoco tanto suicida habitante de la Historia, aunque muchos de ellos crearan obras luminosas como estrellas. 

No sé bien cómo; pero, finalmente, sentí, deduje y escribí:

(Sobre el suicidio)

Antes de decidirte a abandonar
esta vida que odias o te duele,
cerciórate de que hay otra existencia
―o una nada― más digna a la que ir;
no sea que el lugar en el que surjas
aún te horrorice más que este que habitas.

viernes, 19 de mayo de 2017

jueves, 18 de mayo de 2017

La íntima majestad del ser humano


Barber: Adagio
                     
            Reconozcámoslo: cuando el hombre -la mujer- se queda solo demasiado tiempo consigo mismo no se soporta; no estamos preparados para convivir con nuestro propio yo y huimos hacia los demás, que son tan frágiles como nosotros. Pero nuestras conversaciones sociales son mecánicas y frívolas; nuestro ocio no es estimulante, sino ocioso; nuestras diversiones nos aburren. No nos han enseñado a disfrutar de los momentos de íntimidad: la paz que irradia de un buen cuadro, una buena música, un buen libro. Nos hemos aislado en una isla que no pasa de ser una desalentadora confortabilidad -aunque la llamemos felicidad-; y salimos de ella para visitar a los habitantes de otras islas tan aisladas como la nuestra. Y eso no nos basta.
            Hemos olvidado por el camino, a fuerza de no usarlas, las facultades que poseemos; y nos ha invadido la fragilidad, la inanición, la monotonía. Sin embargo, ese vigor permanece en nuestra mente y solo es necesario hacerlo emerger como si fuese un barco que naufragó porque lo abandonamos.
            En primer lugar, yo me acostumbraría a contemplar algunos cuadros relajantes, fáciles de hallar, a falta de museos próximos, en las pinacotecas impresas que hay en las librerías. Mientras tanto, para disciplinar mi mente y ampliar mi sensibilidad, me esforzaría en escuchar, por ejemplo, la “Ofrenda musical” de Bach, una música convenientemente aséptica al principio y que acaba enamorando el corazón y el intelecto por su equilibrio entre inteligencia y sentimiento puro; después me fortalecería con la "Tetralogía" de Wagner. Leería la “Oda a la alegría”, de Neruda, simplemente para reconocer que mi desdicha no es irreversible, y, luego, el poema “Masa”, de César Vallejo, que siempre me injerta una sublime solidaridad. Templado así, escogería un libro fácil y absorbente, correctamente escrito, de esos que impulsan a seguir leyendo a pesar de la hora de la comida o de la cena; por ejemplo, “El misterio del cuarto amarillo”, de Gaston Leroux. 
            Ahora bien: quien quiera reconocer la majestad interior del ser humano debe acudir a otro título clásico. Si yo hubiese de salvar un solo libro, o hubiera de llevarme solo uno a una isla desierta, lo escogería por encima de cualquier otro, a pesar de que hay otros, afortunadamente, tan excelsos -que nos enseñan a vivir, pero no, como el que digo, a sobrevivir-. También es el que enviaría a otro planeta como referencia de lo que esencialmente es el ser humano: superación. Es sorprendente la cantidad de veces que lo citan los grandes nombres de la Literatura, del Arte y de la Historia. Me refiero a Robinson Crusoe: buena parte de cuantos lo han leído lo hicieron en su adolescencia, en versiones simplificadas que lo han desprestigiado y desprovisto de sus cualidades porque los publicistas, olvidando que Daniel Defoe lo escribió con la experiencia de su madurez, creen que se vende mejor como un cuento de piratas. Pero la odisea del náufrago -inspirada en hechos históricos- es más interior que exterior, más introspectiva que aventurera. No existe en la literatura universal otro personaje capaz de sobreponerse a las adversidades como Robinson Crusoe. Probablemente, ningún otro puede enseñar tanto al hombre actual. Tras su catástrofe, parte de cero y se convierte en el admirable ejemplo de lo que un hombre puede llegar a hacer con determinación, solo, en circunstancias extremas, conviviendo con sus propios temores, llenándolos de esperanzas y de actos, creciéndose cada día ante los infortunios, sin ayuda, sin milagros, sin ciencia ficción, con la única fuerza de su fe en sí mismo.  
         El naufragio de Robinson es el emblema del aislamiento del hombre en el mundo en que vive (tanto que acaba por regresar a su isla, tal vez huyendo de la misantropía que la sociedad genera). Lo que importa de él es su incapacidad para rendirse ante las desdichas: la afirmación de que el destino es la voluntad.




miércoles, 17 de mayo de 2017

Perdurabilidad

Hª del Arte

Todo artista es un deseo de ser su arte. El pintor quisiera ser un cuadro. El músico intenta transustanciarse en música. El poeta lucha por regresar al útero del poema que, a su vez, lo engendra. Todo autor, en mayor o menor medida, no hace sino autobiografiarse síquicamente en su obra.
     La única poesía -el único arte- es aquella en la que el poeta va desde sí mismo hacia sí mismo. Las consecuencias de su poesía son circunstancias ajenas al motivo inductor de su escritura. En tal hecho creativo no existe conciencia emitiva ni destinataria: existe conciencia creadora, un flujo ajeno al tiempo interpretativo.
     Solo me parece digno el arte -el poema- que nace con vocación de perdurabilidad: el que se ha despojado de los abalorios circunstanciales y atiende a las esencias: el que consigue la eficacia en el tiempo porque es válido y aplicable al hombre de cualquier época. 
     Puede un arte ser innovador, persistir en la retaguardia, avanzar en técnicas... pero de poco sirve si no es humano y humanizador.

martes, 16 de mayo de 2017

La música del pájaro

Strawinski: El pájaro de fuego

Chagall: El pájaro de fuego

La música del pájaro

El pájaro que vuela su aventura
de argonauta del aire ve la esfinge
del cielo y de la tierra, la dibuja
en sus ojos y canta
a la Naturaleza que lo eleva.
Posado en una rama rememora,
melismático y flauta,
paisajes, ríos, mares,
el múltiple gorjeo de los vientos,
y conoce los nombres de los árboles.
En su plumaje anida el horizonte,
el alba y el crepúsculo. Divisa
la noche como un pétalo de sombra
y redime en su canto
la tristeza del mundo.

lunes, 15 de mayo de 2017

domingo, 14 de mayo de 2017

Hermanos Marx: Amor en conserva

Castellano. Completa.
Creo que ninguna como Sopa de ganso: pero no está disponible.
Esta, tardía y descafeinada, tal vez sea más recordada por la breve aparición de Marilyn.


sábado, 13 de mayo de 2017

Alrededor del amor, 6

Bizet: Habanera

 El infierno de los celos.-
¿Cuántos amantes se reconocen en las palabras de Otelo? Pues sépanse que lo que sienten y que llaman amor nada tiene del mismo. La mente del celoso (que es un insatisfecho de sí mismo) se mueve con la astucia, la protervidad y la implacabilidad de un silogismo de granito: solo que las premisas existen nada más que en su deseo (en su temor, que solo puede apaciguarse inventándose el monstruo que teme para matarlo y concluir así la pesadilla), en la imprescindibilidad de que la conclusión sea la creada por la autofagia y autocondenación a las que se ve impelido el celoso, resuelto todo ello en una misantropía exculpatoria y destructiva. Juan Pablo Castel, el personaje de Sábato, se inviste de Otelo cuando, persiguiendo el “cogito ergo sum” oteliano, concluye con la inexorabilidad antedicha:
   Pensé: estas palabras deben representar el hecho esencial, la verdad profunda de la que debo partir. Hice repetidos esfuerzos para colocarlas en el orden debido, hasta que logré formular la idea en esta forma terrible, pero indudable : María y la prostituta han tenido una expresión semejante; la prostituta simulaba placer: María, pues, simulaba placer; María es una prostituta. ¡Puta, puta, puta!, grité saltando de la bañera.
             Lo que Castel concluye es cierto para su mente. Lo que no se pregunta es si su objetividad es excesivamente subjetiva. De modo que María, como Desdémona, está condenada a muerte por la justicia de un silogismo temeroso del mismo amor que ha desentrañado su inestable personalidad. Castel daría la vida por saberse equivocado: pero no puede admitir emocionalmente más que lo que su corazón le dicta a su cerebro: y este ordena su propio suicidio mental. Se comporta como un detective que interroga inexorablemente, distorsiona sus averiguaciones y acaba convirtiéndose en asesino de la verdad que busca: se mata síquicamente al dar la muerte física a aquello que ama y que es la prueba de que también él es amado. Algo similar le ocurre a Pozdnyhev, el personaje de Tolstoi en la “Sonata a Kreutzer” -que acaso prefigura a Castel, sobre todo en sus últimos capítulos- y que explica el impulso y mecanismo de la ira celosa:
         Sentí la necesidad de destruir. Me invadió un deseo imperioso de actuar, y todas las demás consideraciones me abandonaron por completo. Me hallaba en ese estado en que un animal o un hombre, físicamente excitado ante un peligro, actúa con precisión y sin apresuramiento (...) le asesté una puñalada en el lado izquierdo, debajo de las costillas. Los que afirman obrar inconscientemente, en un arrebato de furor, mienten. Tenía una clara visión de todo y en ningún momento dejé de tenerla. Cuanto más aumentaba mi acceso de locura, tanto más resplandeciente era la luz de mi conciencia. (...) Era consciente de las consecuencias de mi acto, pero esa conciencia fue inmediatamente sustituida por el acto mismo.
            El celoso se odia porque cree que nadie lo ama y, por lo tanto, no puede amarse a sí mismo, puesto que el odio de los demás contradice la posibilidad de la autoestima. Así que se repugna y repugna a los demás: la muerte es para todos. La tortura ajena y propia es la compulsión hacia el autocastigo.
            Probablemente el desasosiego del amor que producen los celos es consecuencia de que el teorema “te quiero” y su hipótesis negativa “no te quiero” se traducen como la aceptación o el rechazo no solo de un sentimiento sino de la persona por quien se siente o no se siente, y se estremece toda la personalidad ante el temor de lo segundo, por lo que el “sí” se recibe, más que como “yo también te amo”, como el exorcismo del pánico a no ser nadie para alguien, una euforia terrible ante la evitación del peligro: la presunta nadificación.   

viernes, 12 de mayo de 2017

Pensando en los políticos

Haendel: Sarabande

Si yo fuera listo elegiría ser tonto: porque dicen los que dicen ser listos que hay que ser tonto para ser feliz. Lo que pasa es que debo de ser tan tonto que no entiendo las presuntamente sabias tonterías de los que dicen ser listos.

Seguramente, la inteligencia es una enfermedad ya erradicada.
No obstante, si yo gozara de alguna inteligencia, diría que no me parece muy inteligente utilizar la inteligencia para decir necedades.


jueves, 11 de mayo de 2017

El abrazo insufrible

Sibelius: Vals triste

- ¿Qué pretendes?
- Que veas que soy digno de amor.
- Todos lo somos, pero no todos lo merecemos.
- Podemos hacer méritos, corregir errores...
- Es muy difícil cambiar, improbable, imposible casi... Te has convertido en un péndulo que se aleja y vuelve para golpearme. Tu abrazo es el del oso. Ni vives ni dejas vivir. Dices que quieres lo mejor para mí pero solo me torturas con tus celos. Si nombro a X ó Z dices que tengo una "aventura", y si no nombro a nadie que oculto una "aventura". Eres la persona más insegura que conozco y sin embargo crees que lo que piensas es la verdad definitiva, y que solo existe lo que tú crees; pasas de ser amable a ser intratable, y así una vez, y otra vez... y ya no puedes evitar ser un verdugo... Ni puedes ni quieres cambiar...
- Eso depende. No es lo mismo cambiar la conducta que reestructurar la personalidad desde su base por haber aceptado los defectos...
- Se cosecha lo que se sembró... Te has convertido en un toro necesitado de embestir, y ya lo ves todo como un capote rojo.
- ... Pero se aprende a cosechar bien cambiando la tierra de cultivo, si es necesario. Siempre me he dedicado a sobrevivir: y mi comportamiento ha sido el de quien lucha, se defiende, ataca... Ahora quiero convivir, dar lo mejor. Y para eso he tenido que reconocer que soy mi peor enemigo, que tengo que estar en paz conmigo, que solo así podré dar paz a los demás...
- Ya me has dado demasiada guerra para que confíe.
- Déjame que te lo demuestre.
- Es muy tarde. "Cuando un fuego se apaga solo quedan cenizas". Y no tenemos ningún París al que regresar.


miércoles, 10 de mayo de 2017

La escaramuza mística


Scriabin: Mysterium

Creo en la condición sinestésica del arte: que el impulso creador es único y que solo cambia la vía en que se expone: palabra, pintura, música. Más aún: que la más noble y notable sensación es la que conjuga la música, la pintura y el verbo.       
     Creo que todas las artes son diferentes manifestaciones de un mismo yo que pretende identificarse y sobrevivirse. Ese impulso de supervivencia cósmica se traduce en palabra, pentagrama, pincel, simetría, número… pero siempre es la búsqueda, y a veces el hallazgo, del rostro individual trascendido a lo universal. 
     Poca distancia existe entre la experiencia mística y el estremecimiento y fascinación de Einstein al contemplar la fuga cósmica, las líneas de fuerza de Faraday, los vórtices del firmamento de Van Gogh o el 3º movimiento de la Novena: todos son éxtasis. Ninguna diferencia hay entre la semilla artística de Miguel Ángel, Wagner, Dante, Freud … Solo cambia la estrategia del lenguaje: verbal, musical, plástico… Ya lo he dicho: todas las obras del hombre son escaramuzas de la mente para hallar la imposible plenitud / eternidad. Todas ellas tienen un factor común: necesitan un espacio interior e incompartible, un alejamiento del mundanal bullicio para oír su voz, un silencio íntimo en el que se las percibe. Una vida callada en la que se gesta y se expresa su revelación.

martes, 9 de mayo de 2017

El libro de Teluria (X)

Purcell: Lamento de Dido

19

Nada perfuma la existencia como
los aromas de la felicidad
entrevista o soñada, pues la dicha
es la creencia de que ha de llegarnos
según la dibujaron nuestras ansias.
Un pálpito escuché llegar un día
hasta mi corazón, y lo sentí
concertado a mi alma. Caminamos
cogidos de la mano y conocimos
el tiempo fértil y el amor hermoso.
Cuántos sueños forjamos y con cuánta
placidez fecundamos el futuro.
Después derribó el tiempo sus murallas
y entre las ruinas apresó tu nombre.


20

Hoy he estado mirando tus grandes ojos claros,
tan claros que parecen transparentar tu alma,
tan verdes, tan azules, como si el mar hubiese
amado sus pupilas con dos besos de agua.
Y la cadencia triste de tus ojos
la amé tan hondamente como aman el dolor
los espíritus dulces de atormentadas vidas
a quienes siempre mana nostalgia el corazón.
Mirando tu sonrisa tan clara, como un beso
perdido en el camino de la alegría al llanto,
fue mi melancolía quien soñó
que el tiempo regresaba hacia nosotros.
Pero me desperté y supe, doliente,
que no sabe soñar la muerte y nunca
despertará para que tú regreses.


lunes, 8 de mayo de 2017

Pushkin: Elegía


Escuchar

Sor Juana Inés: Hombres necios que acusáis...

Bertolt Brecht: El analfabeto político

Juan Gelman: Poemas

José Hierro: Respuesta

Miguel Hernández: Canción del esposo soldado

Pessoa: Autopsicografía

R. Kipling: Si...

Safo: Igual parece a los eternos dioses...

Miguel Hernández: Elegía

Alfonsina Storni: El último poema

John Keats: A una urna griega

Gabriel y Galán: "Cuando pasa el nazareno..."

Carlos Fenoll: Cristo yacente

Rafael Alberti: dos poemas

Shakespeare: El único dilema

Poemas en sus voces

Cernuda: Donde habite el olvido

Carolina Coronado

Unamuno: Sobre la palabra

V. Aleixandre: Muchacha muerta

ESPRONCEDA: Canción desesperada

Tomás Segovia: Besos

Dámaso Alonso: Insomnio

Calderón de la Barca: Monólogos

Juan de Yepes: Noche oscura del alma

Ernesto Sábato: Sobre héroes y tumbas

Huidobro: Altazor, II

Gerardo Diego: Romance del Duero

Neruda: Poema XX

Fray Luis: Vida retirada

Antonio Machado: A un olmo viejo

César Vallejo: Masa

J. A. Goytisolo: Palabras para Julia

Ernesto Cardenal: Oración por Marilyn Monroe 

Poemas en sus voces

domingo, 7 de mayo de 2017

Alegato del creador

Pachelbel: Canon

Alegato del creador


1.- Este es mi retrato y mi divisa: siento una pulsión interior que va más allá de mi racionalidad (y al que muchos llaman inspiración); me resulta imprescindible liberarlo de su inefabilidad; me aferro a un canon expresivo, a un método, o me libero de él; convierto mi voluntad en acto al terminar mi obra; descanso hasta la próxima invasión de lo invisible mientras los demás se obstinan en poner nombre a lo que jamás lograrán ver como yo vi: el cosmos que he creado.
     2.- Irrefutable me parece esta primera dicotomía del artista, y aun del ser humano: lo que quiero ser como individuo que se autosatisface con su creación y lo que consigo como persona que no puede librarse de su ser y estar sociales
     3.- Como artista quiero conseguir la idónea expresión de lo que siento; como individuo social quiero ver plasmada esa ansiedad en un éxito popular -aunque prefiero el prestigio a la fama-. Y afirmo que todo lo que va desde lo que quiero decir a lo que consigo expresar -con palabras, cuadros, pentagramas- me pertenece y es responsabilidad mía. El periplo interior que hago hasta que doy por terminada mi obra también es mío. Lo demás, lo que hay tras lo que expongo al público -oyente, vidente o leyente- es de los otros. Y no importan para mi creación ni el cotilleo interior e introspectivo -el proceso creador: mis dudas, mi método, mi fin- ni la interpretación historicista y cultural -que es un proceso de aprendizaje y, como tal, se concreta en muchos criterios, desde el librepensador al fanatista del canon impositivo-.
4.- El progreso ha ido añadiendo elementos al arte y a las ciencias, y también abandonándolos cuando el tiempo, como un buen filtro, ha desahuciado aquellos que no aportaban nada al hombre, o cuando el homo ludens necesitaba otros juegos. Pero el homo sapiens siempre se queda con lo que es esencial para su existencia y pervivencia. Por eso de las vanguardias y experimentalismos perdura lo que aportan a la tradición, que es la columna vertebral del hombre y del arte. Cualquier obra, por muy transgresora o exitosa que sea en su contexto, que no aporta un fragmento de identidad del ser humano está condenada al olvido, así como la que añade alguna sabia perspectiva sobre la esencialidad del hombre pasa a integrar el retrato de la humanidad. Ser artista es definir al hombre interior que vive en muchedumbre.
     5.- Cuando creo no puedo cometer mayor error y traición artística que tener en cuenta a quienes van a juzgarme con sus opiniones. Puedo querer el aplauso masivo, o vender muchas obras, si no me vendo con ellas. La recepción del arte es, por principio, un elemento ajeno, y aun opuesto, a la creación. Pues la efusión de lo que siento y plasmo es un yo artístico y humano que se vería suplantado por el nosotros social si este se interfiere en el acto creativo. Necesito convertir en esencia independiente y autónoma las circunstancias que me han hecho ser como soy. Necesito un corazón racionalista y un cerebro sensitivo. Y nada tiene que ver esto con el egoísmo y la solidaridad: en arte no hay democracia, sino individuo. Y este, paradójicamente, solo puede dar su creación a los demás si se entrega solamente a sí mismo cuando crea.