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sábado, 22 de abril de 2017

viernes, 21 de abril de 2017

Trayecto hacia la luz



Bach: Suite, nº 3

1.- Huyendo del infierno
Por aquel entonces mi glotonería lectora y aventurera aumentaba mi espeleología interior y me hacía sentir semejante a muchos de los autores a los que iba conociendo: escritores, músicos, pintores. Encontrar similitudes de vida, horrores compartidos... me convertía en su doble o su reencarnación. Y así, mis íntimas tormentas me impulsaban a creer -y lo creí- que antes o después aparecería en mí la locura, como había aparecido en Schumann y Van Gogh, por ejemplo (de ahí la portada de Fragmentos de identidad), y que una vez abismado en esa tierra de nadie del horror no sabría volver a este lado de la conciencia sin arrastrar conmigo los infiernos. Este breve poema lo refleja:

Lo inolvidable

Recuerdo aquel dolor y aquella dicha 
de saber que cesaba el sufrimiento,
a veces.
Y los suicidios nunca consumados, 
más dolorosos que la propia muerte.

Durante décadas ese fue mi ananké.

2.- Hacia la luz.
Por fortuna, empecé a mirar la luz: no para que me cegara, sino para que me iluminase. Y así empezó mi segunda inmersión en la escritura: desde el libro Hacia la luz traté de escribir lo que me gustaría ser en vez de rubricar soliloquialmente el tatuaje del que había sido o era: abandonar la lírica del sufrimiento, la escritura confesional a posteriori: pasé de llevar el yo al poema a vivir e incrustar el poema en el yo. También estos versos parecen constatar esa voluntad de vivir:

Hacia la luz

Este árbol, esta sombra y estos libros
que me procuran placidez y calma
no están hechos para morir; nacieron
al margen de los días para darle
un rostro amable al mundo.
Una hoja ha caído y me reclama
con su fugaz delicia: la contemplo
y el universo me contempla en ella.
Siento desordenadamente
correr el tiempo frágil, que este instante
no será, otra vez, mío.
                                           Cede el alba
su luz, y la mañana se apresura
hacia el ocaso.
Como un escalofrío, la tristeza
deja en mis ojos su melancolía.
Yo quisiera olvidar tanto dolor,
morir para matar
este desasosiego:
                                    y de repente,
rebelde y luminoso,
como si despertase de un gran sueño,
mi corazón se abraza a la existencia,
toco las cosas, vivo.

Poemas comentados

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Hacia la luz


jueves, 20 de abril de 2017

Naturaleza educativa.

Bartok: Allegro barbaro

Un estudiante observa a los políticos y no le gusta lo que ve; incluso algunos le parecen enemigos de la sociedad que representan. Mira a su alrededor y se pregunta: ¿Por qué, si todo el mundo quiere la riqueza, que es fruto de la educación, esta está tan descuidada? ¿Hay políticos justos y con perspectiva? 
     Se contesta que, desde luego, es necesario un sistema que nos obligue a convivir en paz, que ampare al bueno y que encarcele al malo, inexorablemente. También es cierto que tal sistema precisa unos gobernantes, y que quien quiere gobernar necesita mucha dedicación y mucho altruismo.
     Y es aquí donde encuentra el primer fallo: porque la abnegación no es muy común. El hambre de poder es la peor de las enfermedades contagiosas, y el poder es de aquellos que prometen paraísos, pues todos los anhelan. Por eso advirtió Napoleón: ¿qué es un líder sino “un comerciante de esperanzas”? Y Heródoto escribió, aludiendo a la corrupción: “dadle el poder a un hombre virtuoso y pecará”. En tal sentido, Valèry anotó: “política es el arte de evitar que el ciudadano se preocupe de lo que le importa verdaderamente”. Y es que el poderoso, inmerso ya en su castillo, olvida las palabras de Montaigne: “Aunque subas al trono más alzado sobre tus posaderas seguirás sentado”. 
     ¿Cuándo será posible contradecir a Rousseau, que condena a la tribu social como asesina del instinto de solidaridad, y a Plauto, en aquello de que "el hombre es lobo para el hombre"? No parece tan difícil, teniendo en cuenta que en el llamado Siglo de Pericles existía apenas el uno por mil de nuestra población mundial de hoy, y aquellos hombres consiguieron una democracia cuya divisa se resume así: “puede participar cualquier persona que nos ayude a mejorarnos todos”.
     Tal vez siguiendo tal ejemplo, y contraviniendo la opinión platónica -que exiliaba del Estado a los soñadores y poetas-, Kennedy denunciaba en la política su creciente deshumanización: “si hubiera más políticos amantes de la utopía y más poetas políticos, lograríamos un lugar mejor para vivir”. 
     Solo encumbra la muchedumbre, y hoy, igual que siempre, triunfa la apariencia: el que hace más creíble su espectáculo, el político digno de los óscar. Hemos creado un mundo de disfraces, de corrupciones de la integridad. Y todo está perdido cuando el malo empieza a ser tomado como ejemplo y el bueno es una especie en extinción. 






miércoles, 19 de abril de 2017

Desolación

Bach: Suite cello, 1

5) El hombre ansía la comprensión del Universo, busca el sentido último de la existencia. Pero cuanto más sabe, más reconoce que jamás lo sabrá todo. 
4) Sin embargo, puesto que todo es posible, nada hay imposible; y, por lo tanto, tampoco hay nada definitivo: de manera que toda respuesta es un error o, en todo caso, una premisa para una conclusión provisional. 
3) Pero también: ya que el tiempo convierte lo posible en probable y esto en una realidad, cada vez estamos más cerca de la verdad. 
2) No obstante, ese positivismo vuelve a su cauce nihilista: porque afirmar que existe la verdad definitiva es tanto como negar la infinita capacidad interrogadora del hombre, limitar la infinitud de su mente y la inabarcabilidad del Universo. 
1) En resolución: si las posibilidades son innumerables y también sus probabilidades y realidades, todo es una sucesión de verdades sincrónicas, todo resulta ser una mentira fragmentaria. No existe un fundamento. Todo deviene en caos. 
0) Decidme ahora cómo apuntalar la existencia, cómo detener el suicidio, puesto que solo queda el escepticismo como única fe y todo sentidor reflexivo habita en los infiernos.


martes, 18 de abril de 2017

Alrededor del amor, 4


Glazunov: Las estaciones

  6.La identidad contradictoria.- 
Contradicción como certeza, duda como pesadumbre, entrega y desencuentro, satisfacción y sufrimiento, dolor, placer, esquizofrenia... viene a sentir Lope de Vega: porque amor es egoísmo y es altruismo, es pasión desatada y atadura del otro y por el otro. Olvidamos en medio del amor que somos contingentes y cambiantes, que somos en el tiempo, que somos temporales, que sentimos y que dejamos de sentir, que nace y se nos muere el sentimiento como la vida nos nace y se nos muere, arrebatadamente y sin explicaciones que nos satisfagan. Lope aclara lo que confuden los amantes, tejiéndole un error de temporalidad a lo que en esencia es efimeridad: A lo que es temporal llaman eterno: que el amor se termina es sustancial como lo es su inicio y su transcurso. Pero el acabamiento nadie lo persigue y pocos lo superan sin disfrazarlo en otra historia, la misma en otro cuerpo, otro beso, otro nombre. Pues no se acepta que lo que es deje de ser, que nos está esperando otro sendero del camino, que nos estamos esperando para ser lo que debemos ser y no podemos si no abandonamos lo que somos y sentimos. Cuando el amor se muere, el corazón se estremece, porque cuando dejan de amarnos, de repente cumplimos muchos años, por la misma razón que, cuando amamos, el corazón se llena de juvenilidad. Y el corazón popular lo entiende bien. Salvador Rueda lo recoge en su "Romance del tango": 
               Al Cristo que hay en mi cuarto 
               le referí mi dolor: 
               qué penas no le diría 
               que el Cristo se estremeció ... 
               Mi corazón dice, dice, 
               que se muere, que se muere, 
               y yo le digo, le digo 
               que se espere, que se espere”.                            
       La dualidad dolor-placer la conocían otros amadores: Celestina sabe que el corazón de Melibea es devorado por serpientes, porque su “enfermedad” es “Amor dulce”: y 
       es un fuego escondido, una agradable llaga, un sabroso               veneno, una dulce amargura, una delectable dolencia, un 
    alegre tormento, una dulce y fiera herida, una blanda muerte
Pero, como toda enfermedad, sabe sabiamente que hay que sanarla entre sábanas. Las contradicciones del amor, su jánico esplendor y tragedia, su bisagra hacia el dolor y los celos, explica las transformaciones a las que puede inducir al amador. El amor cambia a quien ama. Ennoblece al que es noble y, a veces, incluso al que es protervo. Y el desamor, sin duda, entristece y aumenta la protervidad. La ternura y el júbilo, la crueldad y el rencor son sendas hijas suyas. “El collar de la paloma” defiende el amor como bienhechor e inteligenciador de los amantes. Quevedo insiste en la identidad contradictoria (soy un fue y un será y un es cansado) del amor:
               Es hielo abrasador, es fuego helado, 
               es herida que duele y no se siente, 
               es un soñado bien, un mal presente, 
               es un breve descanso muy cansado. 
               Es un descuido que nos da cuidado, 
               un cobarde con nombre de valiente, 
               un andar solitario entre la gente, 
               un amar solamente ser amado. 
               Es una libertad encarcelada 
               que dura hasta el postrero paroxismo, 
               enfermedad que crece si es curada. 
               Este es el niño amor, este es su abismo: 
               mirad cuál amistad tendrá con nada 
               el que en todo es contrario de sí mismo.
          Efectos varios, complementarios y suplementarios, cara y cruz de la moneda. Igualmente conocemos el dolor y la rabia de Vulcano (de todos cuantos sufren el amor) por boca de Quevedo: Nadie le llame dios a Amor, que es gran locura: / que más son de verdugo sus tormentos;  Perdí mi libertad y mi tesoro; / ¡Triste de mí, que mi verdugo adoro!, grita bajo su égida. 


lunes, 17 de abril de 2017

Leer mucho, escribir poco

Strauss II: Vida de artista

      Creo que todo autor que se precie de creador se exige un proceso de selección de su propia obra cuando llega el momento en que la distancia le permite ver la validez y el peso de su trayectoria. Lo que fue creando y publicando con una visión sincrónica de sí mismo, por mucho que fuera tachado o pulimentado, se adelgaza y condensa, se abrevia para quedar representado en unos pocos textos que contienen todos los demás, los cuales no nacieron sino para aupar ideas, emociones, palabras, giros, versos, prosas, semillas de la definitiva poda a la que serán sometidos para mostrar la enjundia con que un hombre se bautiza a sí mismo y pasa a ser fecunda historia en la historia de los hombres. 
     Viene esta reflexión a justificar el hecho de que otro tanto pueda y deba hacer el lector con el autor al que dirige su mirada: cortar las ramas por donde fue la savia para llegar a la raíz y hallarle comprensión al fruto que esta dio. Quinientas páginas de vida escrita quedan jibarizadas de este modo en medio centenar, en diez o doce.
     Tal vez por eso, sabedores de cuanto acabo de afirmar, algunos escritores -pensadores, artistas...- escriben poco, eligiendo cercenarle al pensamiento las palabras opacas antes de haber nacido en vez de mutilar lo que, ya escrito, parece vivo aunque resulte carne muerta, rémora impenitente. Porque lo malo de los escritores prolíficos es que, luego, insolidariamente, con toda impunidad y contumacia, publican sus obras completas. 
     Recordar a un autor no es, por tanto, enfatizar su magna obra, sino ayudarle en esa reducción a lo imprescindible y duradero, lejos de idolatrías panegiristas.


domingo, 16 de abril de 2017

Manifiesto de desidia.


Ligeti: Requiem
Manifiesto de desidia
1) De repente, tomamos conciencia de que estamos vivos -e indefensos;- 2) miramos a nuestro alrededor -a la Historia, al Arte, a la Literatura- y observamos que el hombre ha sufrido más que gozado durante su existencia, tanto individual como colectivamente; 3) si nos miramos a nosotros mismos, vemos que nuestras vidas no desmienten esa experiencia de la Humanidad; 4) la causa principal de ese dolor es el reconocimiento de la muerte; 5) porque estamos atrapados por el instinto de supervivencia, que implica el ansia de inmortalidad injerto en el nacimiento y nos impide amordazar nuestro dolor o nuestro tedio en el suicidio, la eutanasia, la muerte anticipada, amputados por aquel; 6) se defiende el hombre con el instrumento que lo define, la razón, buscando el fundamento y encadenamiento lógico de los hechos para comprender su causalidad y exorcizar el sufrimiento mediante la comprensión, la templanza, la voluntad; pero el ejercicio de la racionalidad solo engendra escepticismos, pues deviene verdades sincrónicas que se convierten en mentiras diacrónicas; 7) ¿Qué puede hacer el hombre ante semejante destino sino sobreponerse, consolarse, abrazarse a la irracionalidad -a la fe, la utopía-, puesto que la racionalidad no le da soluciones, recurrir a la creencia en otras vidas, otros seres piadosos que creen un resarcimiento paradisíaco en la trasmuerte, crear el carpe diem, embrutecerse hasta el olvido de su horror, pretender perpetuarse de algún modo?; 8) nacen así las religiones, los dioses, las iglesias, los diablos, las ansias, los temores, el debate interior, el monólogo dialogante entre el que se es y el que se quiere ser, el santo, el asesino, la bifronte esperanza de la desesperación, la búsqueda de la verdadera identidad; 9) de entre todos los refugios a que acude el espíritu en esa selva ninguno le concede tanta calma como la autoconfesión, la autobiografía síquica, el repaso de los sueños y las frustraciones, la prolongación de sí mismo en este mundo que habrá de abandonar, su injerto entre las cosas y los seres, el hallazgo de belleza, única paz ante la podredumbre, la búsqueda del íntimo lugar del regocijo; 10) el arte -la escritura, la poesía principalmente- se constituye en sucesión de sí mismo porque supone creación de vida propia y de solidaridad con quienes nos sucedan en el existir. XI) Mas tampoco nos salva la escritura.